Mi abuelo tenía doce colmenas detrás de casa y vendía la miel a los vecinos en tarros de conserva reutilizados. Hoy somos doscientas colmenas y seguimos envasando a mano.
No pasteurizamos: calentar la miel la deja bonita y transparente en el estante, pero se lleva por delante las enzimas y el aroma. La nuestra cristaliza, y eso es exactamente lo que tiene que hacer una miel de verdad.
Vendemos aquí y en tres tiendas del pueblo. Nada de intermediarios: el precio que ves es el que recibimos.
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